La reacción de la jerarquía católica costarricense a la marcha de las putas muestra la debilidad en la que se encuentra para justificar muchas de sus acciones, incluyendo las últimas arremetidas contra los derechos de las mujeres que protagonizaron el 2 de agosto.
Afortunadamente, parece que ningún obispo está hoy dispuesto a defender las palabras de Ulloa y del enviado del Papa. Mandarnos a ser recatadas en el vestir, a no tratar de imitar a los hombres y a ser creativas en el hogar parecen ideas insólitas e indefendibles en el siglo XXI, y cabe preguntarse cómo es posible que sean parte de un mensaje dado al país. La explicación es simple: porque igual que en ocasiones similares previas, quien las plantea tiene certeza de no encontrar resistencia.